lunes, 15 de septiembre de 2014

Tengo un mueble escritorio en el que me da mucho trabajo ser feliz. Es una historia un poco larga así que no pienso contar ni su mitad. Yo vivía abrazado, capaz demasiado abrazado, bah, qué capaz, vivía con un abrazo de seis vueltas a una mujer y su casa, y no tenía que hacer nada que no me guste, en esa mujer y en esa casa parecía que tenía todo, las cosas se complicaron, terminé viviendo acá, en un cuarto que ya estaba amueblado con los muebles del tipo este, seguro era milico, así que duermo en su cama, guardo mi ropa en su ropero, me cuelgo mirando sus cuadritos, mis libros están en sus estantes y yo me siento a pensar y escribir en su escritorio. Hago fuerza para que todo me guste, pero mi vida anterior, tan linda, lo hace difícil. De mi trabajo no escribo pero me ocupa diez horas por día. Duermo seis o siete. Como o paseo durante tres. Así que son casi cinco horas sentado acá todos los días, ya nueve meses en esta situación, cómo puede ser que todavía no me guste. Desde acá veo la playa. Me miro la mano escribir y miro la playa, de dos en dos. Antes de la playa arbustos. Antes, una callecita devorada por pastizales, no pasa nadie. Después el mar, que parece más falso que la mierda, pero la costa me parece más falsa todavía. Vivo con el deseo de caminar para allá, pero me aguanto y me resguardo. Tengo que aprender a estar acá, antes. Entonces agarro mi telescopio y elijo el camino entre arbustos por el que quiero andar hoy. Hago unos metros quemándome los pies de arena hasta la madera que lleva hasta las rocas. Aflojo la tuerca para que el eje gire mejor y avanzo, y me miro parado al borde de la roca, quieto. Endurezco la tuerca de nuevo: ahí me quedo, y aprieto el ojo al borde del telescopio para mirar irse el día, rápido, y a la noche, muy lenta, ir llegando.

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