lunes, 15 de septiembre de 2014
Yo tenía la esperanza de que -crear- y -creer- tuvieran la misma raíz. Sería lindo que creación y creencia estuvieran unidas en algún punto inicial de su experiencia. Así que busqué. -Crear- es el resultado de una compañía tan bonita que no quedé decepcionado. "ker-. Crecer. En forma de sufijo *ker-es, en latín Ceres, diosa de la agricultura, especialmente del crecimiento de las frutas", de ahí "cereal" por ejemplo. O en latín creare, "hacer crecer". O las formas de grado 0 en "*kor-wo-, <que está creciendo>, adolescente, en griego, kouros, koros, niño, hijo", y en *kor-wa, "en griego kore, niña, doncella, niña del ojo". O, la que más me gusta: "Palabra compuesta sm-kero-, <del crecimiento de uno mismo> (*sem-, mismo, uno), en latín sincerus, puro, limpio": de ahí nuestro -sincero-. Nada más que la más absoluta sinceridad abajo del cielo es capaz de producir algún cambio.
El barrio está tranquilísimo desde que cayó el Chaco. Es increíble cómo una sola personalidad traía tanta gente quilombera a mi cuadra: cayó el Chaco y los chicos dejaron de parar acá. Se habrán buscado otra cuadra, u otro barrio. Otra cosa increíble es que todavía no lo reemplazó nadie, siempre se reemplazan. Hace más o menos un año y medio que vivo acá, y el Chaco era el tercer pibe así medio líder de la zona. El primero no me acuerdo de cómo se llamaba, le voy a poner A. La última vez que lo vi estaba pelado y con la cara lastimadísima, había pasado unos días preso. Charlamos dos boludeces en la esquina de la carnicería y cayeron dos pibes más, un negro dominicano y el que tiene un ojo blanco y nunca habla. Yo me fui en seguida, era de madrugada, no sé a dónde estaría yendo. A los pocos días el negro dominicano me dice que a A no lo vamos a ver más, que el otro día me estaba por afanar y si no caían ellos me la ponía, pero más que nada insistía en que a A no lo vamos a ver más y en que a partir de ahora tengo que ayudarlo a él. Toda la fauna cambió, de a poco los pibes que paraban con A empezaron a desaparecer, y a aparecer otros, siempre alrededor del negro dominicano. Las últimas veces que lo vi al negro dominicano estaba cada vez más drogado, la última estaba mucho más charlatán que de costumbre, y después dejé de verlo. El resto de los pibes eran los mismos y él no estaba. Ahí empezó a aparecer el gordo, también. Pero el más presente era el Chaco, y este sí que armaba bardo, era una topadora. Es el pibe al que más guita le di de todos. Porque la onda es esa, si vos les charlás bien, parás cada tanto con ellos aunque sea poco tiempo, les comprás una vez muy cada tanto una de esas bebidas horribles que toman, los usás para hacer tus negocios y les das unos mangos si te piden y tenés, te van a cuidar como si fueras de oro. La única vez que alguien se me acercó mal yo al toque ya tenía cuatro pibes alrededor defendiéndome. Te da una sensación de poder muy linda. Es lindo vivir en un barrio así, siempre que salís puede pasar algo. El Chaco era una topadora, un par de veces me hizo acompañarlo en un par de movidas, decía que está bueno tener un cheto al lado, me metió en unos lugares flasheros. Pero un día le pregunté a Yoni qué onda el Chaco, que no lo veo hace rato. Cayó, no lo vamos a ver más me dijo Yoni. A Yoni también dejé de verlo hace dos o tres meses: las últimas veces estaba empezando a trabajar con el herrero español de la otra esquina. Yoni me quiere mucho, porque una vez que llovía zarpado y hacía frío que llegamos con Emiliano Morales a la madrugada lo invité a dormir en el piso de mi buhardilla (con Emi dormimos los dos en el mismo colchón haciendo cucharita). Un toque me quiere, un toque me insiste para que lo invite de nuevo, y se pone re pesado y feo si tomó algo. Bueh, a él también hace rato que no lo veo. Y al gordo, ahora que lo pienso, hace como dos semanas que tampoco lo veo.
Dormí 17 horas. Como casi siempre, soñé que iba al campo y andaba a caballo (esta vez por arriba de agua, durante horas y horas y horas). Pero capaz por la cantidad de horas que dormí fue que también soñé que volvía. Y volvía sentado solo en el asiento de atrás de un auto viejo y rojo que manejaba (el volante estaba a la derecha, como en los autos ingleses) un señor con la cara muy dura, como siempre ofendido, que nunca hablaba. En la ruta, a la derecha del auto, había un pájaro de un color azul muy oscuro, casi negro, volando arriba de un lago de un color azul muy oscuro, casi negro. Yo en realidad lo veía negro pero sabía que es azul muy oscuro (soy daltónico) y cuando al final del sueño lo escribía todo contándoselo a alguien, le decía azul muy oscuro. Pero yo veía negro. En esos campos que atravesábamos vivían unos holandeses (en mi escrito quería poner australianos pero al final decía la verdad y ponía holandeses) que se habían venido a Argentina en la edad de piedra y mantenían las mismas costumbres y casi las mismas vestimentas que hace 7000 años. No los vi en ningún momento del sueño, pero ya sabía que era así. Ellos miraban al pájaro con devoción, como si fuera un dios. A la izquierda del auto empezó a volar otro pájaro igual. Entonces, como esos dos pájaros eran dos dioses, los agarré, los metí en un mortero, los molí, los mezclé con pimienta, los llevé a la cocina de mi abuela e hice una salsa riquísima a la que también puse nuez moscada, pimentón y muy poquito curry.
La flasheo sin parar, maravillado, incrédulo, mudo, si pienso en este milagro improbable y hermosísimo de existir y hacer todas estas cositas que hacemos todos los días. Hoy me desperté en lo de X. Como ella trabaja a la mañana y yo a la tarde viajé, a las 8am, desde su casa en conurbano a la mía en Monserrat, muerto de sueño. Tomé un tren y después un subte en el que me dormí y me pasé hasta Constiución, así que me quedé adentro y esperé que vuelva hasta Independencia. Caminé unas cuadras, llovía (pasé por la parrillita y ya había tipos tomando vino), pensando llegar a casa para hacer un ratito de yoga y un rato de zazen. Pero me tiré a leer y me quedé dormido hasta las 12:30. Bondi, subte, tren, bondi, trabajo. Día tranqui. Siempre laburo sin parar el primer par de horas, hasta que se van mis compañeros. Ahí relajo, pongo mi música, abro facebook, alterno laburo con mates, charlitas con clientes, lecturas rápidas de los últimos libros que entraron y los próximos que vamos a editar. Volví a casa leyendo a Edvard Kocbek. En las dos horas de viaje encontré dos poemas que me emocionaron mucho, buen promedio. Tenía pegadas canciones de Miss Bolivia y de Ezequiel Borra y ganas solamente de llegar a casa, fumar uno, hacer una salsa bien condimentada y comerme dos platos de polenta, y tirarme bien gordo y bien fumado a mirar cosas del mundial en la tele. Pero oh gran tragedia: tengo una lata de tomates y no encuentro el abrelatas. Así que voy a comprar uno al kiosco de la vuelta y no venden, así que camino al almacencito de Emir seguro de que él va a venderme uno pero Emir no vende abrelatas. Pero traé la lata me dice y te la abro. Así que volví a casa, agarré la lata de tomates, volví a lo de Emir (lloviznó, el cielo estaba gris claro, la luna creciente se veía luminosa atrás de las nubes, aclarando todo) y me la abrió. Para agradecerle le compré un vino y una manteca y le di el vuelto al gordo, que también se quería comprar un vino. Qué garrón estar en la calle estos días de frío y lluvia. Pero él parece que está bien. Mientras se fríe la cebolla escribo esto que me parece que es del género entrada de facebook, así que después cuando vaya a un cyber lo paso y lo pongo, para mostrárselo a las personas. Qué raro fue todo, qué aventura zarpada, qué vértigo divino.
Mujer de unos sesenta y cinco años entra en librería. Se pasa un buen rato mirando estantes, separa tres o cuatro libros que son del gusto del librero: Beatriz Preciado, Néstor Sanchez y el que acaba de salir de Foucault. Ni pregunta los precios. ¿Qué tenés de anarquismo?, pregunta, y el librero se siente en su salsa, le muestra varios pero recomienda más especialmente uno de una editorial chica, un análisis de la crisis neoliberal de los '90 en Argentina desde el anarquismo, la mujer agradece, lleva, todo es cordialidad. Va a pagar con tarjeta así que muestra el documento.
El librero se pone colorado, tartamudea: la mujer de la foto 4x4 es increíble. Hermosísima, mandíbula perfecta, unos ojos para volverse loco, corte de pelo carré, gesto inteligente y profundo. El librero mira la foto, mira a la mujer, mira la foto, mira a la mujer, siente que debería decir algo pero no sabe qué: no quiere dejar de mirar esa foto 4x4 nunca.
La mujer entiende todo y dice: ya sé. Tenía tu edad. Es una lástima, ¿no?
El librero se pone colorado, tartamudea: la mujer de la foto 4x4 es increíble. Hermosísima, mandíbula perfecta, unos ojos para volverse loco, corte de pelo carré, gesto inteligente y profundo. El librero mira la foto, mira a la mujer, mira la foto, mira a la mujer, siente que debería decir algo pero no sabe qué: no quiere dejar de mirar esa foto 4x4 nunca.
La mujer entiende todo y dice: ya sé. Tenía tu edad. Es una lástima, ¿no?
Todo el día estuve por ponerme a corregir eso que tengo que corregir; ahora son las cuatro de la mañana y, caminando y pensando por mi barrio, que es tan insomne como yo, me metí en un cyber andá a saber para qué. Es una nochecita veraniega en agosto que da ganas de quedarse sentado afuera, mirando la luna. Pero me dieron ganas de comprarme un chocolate blanco y en el camino me dieron ganas de pasear un rato más. No pienso las mismas cosas caminando que, por ejemplo, estando sentado. No se piensa de la misma manera haciendo cada una de las cosas que uno sabe hacer. En la tele estaban dando Moby Dick de John Huston, con Orson Welles haciendo de Father Mapple. Hoy miré una hora de una película muy buena de Chabrol que me alquilé, llena de franceses encantadores, lindos e inteligentes. Me tuve que alquilar una película que me anestesie porque estaba bastante loco, esta tarde, sintiéndome incapaz de vivir con todas esas sensaciones. Y mirando a las personas por la calle pensaba si a ellos les pasará lo mismo, pensaba en cómo hará cada uno de ellos, para sentir, sentir, sentir y seguir haciendo todas las cosas que un ser humano hace. Voy a volver a casa, sentarme en el patiecito, leer tres poemas de Vladimir Holan, sentarme a meditar un rato, comer dos barras de chocolate blanco, abrir un vino y ponerme a trabajar.
Se le largó la tormenta cuando faltaban cincuenta metros para la puerta de su casa, y fue una tormenta fuerte que lo mojó bastante mientras hacía fuerza con el puño de apretar las llaves. Fue lindo llegar a su habitación silenciosa, prender la estufa eléctrica y desvestirse. Colgó la campera del picaporte y sus pantalones negros de la percha que cuelga de la biblioteca. El resto es ropa sucia.
Abrió un cuaderno con ganas de escribir, pero al abrirlo los pensamientos se le clavaron en el zumbido de una mosca. Fue lindo mirarla, perdida y equivocada, volar en círculos. Es el alma de la habitación este zumbido, pensó, es normal que me moleste. Abrió la ventana y la mosca se escapó.
Se quedó un rato mirando las páginas blancas hasta que los pensamientos se le clavaron en una chica imaginaria. Fue lindo empezar a escribirle una carta imaginaria de amor imaginario. Pero por la mitad del segundo párrafo dijo no, cómo le voy a escribir estas cosas tan intensas a esta chica tan leve. A esta chica tan leve no le tengo que escribir hoy, le tengo que escribir cuando me sienta más leve. Así que se imaginó otra chica imaginaria que sí se sabe divertir con esa urgencia melodramática y que no se burla de las exageraciones, y le escribió una carta de tres páginas (imaginándose que es un marinero de sesenta años) que nunca le escribiría a nadie que no sea imaginario. La vida es hermosa, pensó. La tormenta se convirtió en llovizna suave y le pareció buena idea salir a dar un paseo. Al rato llegó de nuevo a su habitación, con el pelo mojado y una botella de vino.
No se le pasaba por la cabeza la jornada laboral del día siguiente. Es de noche, estoy en silencio, pensó llenando el vaso. Se paró y caminó hasta el borde de la ventana, donde vive una planta de hojas rojizas. Le vio dos tallos nuevos y se puso contento. La acarició y le contó un par de cosas que se le ocurrió pensar a la tarde, en el tren. Miró el retrato con la cara de Stendhal en el escritorio. Debés pensar que estoy loco, Stendhal, dijo en voz alta.
Se tiró panza abajo en el suelo con una novela, pero no pudo empezar a leer porque los pensamientos se le clavaron en un recuerdo viejo y le dieron ganas de llorar. Fue lindo llorar un poco, limpiarse. Después de un rato dijo ya está, y puso una palabra en el cuaderno, después otra, y otras más, un montón de palabras, y el corazón se le fue tranquilizando. Tengo fe en que siempre que escriba una palabra después va a aparecer otra palabra, pensó, y en que es así como me voy a curar, pensó, y creo que no tengo fe en ninguna otra cosa, pensó. El vino se acabó y hay que salir a comprar otra botella.
Abrió un cuaderno con ganas de escribir, pero al abrirlo los pensamientos se le clavaron en el zumbido de una mosca. Fue lindo mirarla, perdida y equivocada, volar en círculos. Es el alma de la habitación este zumbido, pensó, es normal que me moleste. Abrió la ventana y la mosca se escapó.
Se quedó un rato mirando las páginas blancas hasta que los pensamientos se le clavaron en una chica imaginaria. Fue lindo empezar a escribirle una carta imaginaria de amor imaginario. Pero por la mitad del segundo párrafo dijo no, cómo le voy a escribir estas cosas tan intensas a esta chica tan leve. A esta chica tan leve no le tengo que escribir hoy, le tengo que escribir cuando me sienta más leve. Así que se imaginó otra chica imaginaria que sí se sabe divertir con esa urgencia melodramática y que no se burla de las exageraciones, y le escribió una carta de tres páginas (imaginándose que es un marinero de sesenta años) que nunca le escribiría a nadie que no sea imaginario. La vida es hermosa, pensó. La tormenta se convirtió en llovizna suave y le pareció buena idea salir a dar un paseo. Al rato llegó de nuevo a su habitación, con el pelo mojado y una botella de vino.
No se le pasaba por la cabeza la jornada laboral del día siguiente. Es de noche, estoy en silencio, pensó llenando el vaso. Se paró y caminó hasta el borde de la ventana, donde vive una planta de hojas rojizas. Le vio dos tallos nuevos y se puso contento. La acarició y le contó un par de cosas que se le ocurrió pensar a la tarde, en el tren. Miró el retrato con la cara de Stendhal en el escritorio. Debés pensar que estoy loco, Stendhal, dijo en voz alta.
Se tiró panza abajo en el suelo con una novela, pero no pudo empezar a leer porque los pensamientos se le clavaron en un recuerdo viejo y le dieron ganas de llorar. Fue lindo llorar un poco, limpiarse. Después de un rato dijo ya está, y puso una palabra en el cuaderno, después otra, y otras más, un montón de palabras, y el corazón se le fue tranquilizando. Tengo fe en que siempre que escriba una palabra después va a aparecer otra palabra, pensó, y en que es así como me voy a curar, pensó, y creo que no tengo fe en ninguna otra cosa, pensó. El vino se acabó y hay que salir a comprar otra botella.
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