jueves, 25 de septiembre de 2014

Estaban del primer al último pasto del cuadro
esperando la sobriedad,
como si fuera algo que viene solo.

(Cuando digo cuadro
no veo un lugar
desierto, solitario).

Personas paralelas
(o con curvas en su trayectoria
pero que nunca van a cruzarse)
involucradas en el mismo desastre.

Todas merecen amor, y luz, y calor,
no es que no lo sepa,

pero a veces
tengo que elegir,

no tengo
dos tiempos.
Sos algo que no soñó
este lugar, una forma
de vida
ajena. Y el lugar me pregunta
<¿Qué siente? ¿Qué espera? ¿Qué lugar
aparece en los sueños
de esa
forma
de vida?>
Entonces hundo la cuchara
y saco el corazón.
Un sueño
redondo y arrugado
como una nuez
no sale
de mi sombra.

Emigré solo, nada más
con mis lianas.
¿Qué siente, qué espera? Yo quieto,
estudiando el paisaje, el agujero,
debería ponerme a hablar.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Este no es
el mejor momento
para pensar
en los demás
                      ni
             una continuidad
             de nada que hayamos conocido.
             En esta batalla, el pueblo
             va a conocer su verdadero
             temperamento
y de vos depende
elegir el momento
del final de la batalla.

   No tenés más
   imposiciones
   ni la posibilidad
   de culpar a nada.

          Ninguna palabra tuya
          recuerda a la anterior.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Hoy leí en un libro de psicología que el luto posterior a lo que me pasó hace seis meses debería durar un año. Estoy sentado adelante de la persona que más admiro que empieza a mirarme. Dije algo equivocado pero no voy a desdecirme. Hay una parte de mí que se confunde con una parte del mundo, y no es la que acierta. Entonces clavo la suela al suelo. Soy una tripa sentado delante de una mujer así. Le pregunto algo medio tonto y da una respuesta meritoria de una pregunta tonta: apurada, despreocupada, irresponsable, palabras que quieren cambiar de tema. Pero sigo el tema tonto: a propósito, a ver qué pasa. Sigue el tema tonto pero queriendo cambiar y yo insisto, porque sé que cuando se insiste en la tontería, cuando la conversación se acostumbra a la tontería, el bueno se vuelve malo. La tontería exige tal grado de ensimismamiento que deja caminar a las palabras al olvido y ahí, entre palabras que se olvidan rápido, encuentro la comodidad que destapa reflexiones o, casi, imaginaciones. Entonces clavo la suela al suelo. Mientras ella habla digo una palabra que quería empezar una frase larga, pero la corto por la mitad porque ella sigue hablando. Sigue hablando y empiezo la misma palabra pero de nuevo la callo al medio porque ella sigue hablando. Soy de esos de palabras que se hacen transparentes frente al ruido. Entonces clavo la suela al suelo. Pasan quinientas palabras más, casi todas ajenas, me deja su parte de la paga de las cervezas que tomamos y se va. La miro irse hasta que tuerzo el cuello por mirar al viejo sucio que me miraba desde atrás del vidrio que tuerce el cuello fingiendo no mirarme, y así me quedo, fingiendo no mirarla a ella ni a las piernas que se escapan de su vestido con flores. Clavo la palma en la mesa, hago fuerza para hundirla, pero la mesa es impenetrable. Casi cualquier cosa parece impenetrable si está cerca mío. Tengo 63 años y odio a los viejos. Antes de que esa mujer llegara en esa silla estuvo mi hermano. Con él no cerveza, café. Se jubiló hace seis años, era cirujano y escribió novelas, tres. No sabe estar callado. Cuando llegó yo ya llevaba en esa silla una hora. Nuestra manera de saludarnos no incluye ninguna de las ceremonias que se suelen realizar cuando dos hombres se ven, es más como un llegar ruidoso contra un ya estar silencioso y el mayor que empieza una frase larga, cargada de fealdad pero sin malas intenciones. Yo lo miro y escucho bastante, hasta lo quiero diría. Habla con su mirada arriba de mi cabeza o en mis manos llenas de manchas y canas. Lo bueno de estar callado es que te escapás de tener sentido, te da poder. No le dije eso a mi hermano cuando dijo que opina que por quedarme callado me pasó lo que me pasó. Tampoco debería haberlo hecho. Por quedarte callado me dijo, por no hablar, y siguió hablando, es el gran dotado en el arte de cambiar de tema pero siempre vuelve como vuelvo yo a hundir la suela en el suelo a decirme por quedarte callado, por no hablar. Esos ojos de huevo que tiene ponen el acento y después se va a otro tema sin acento y vuelve. A unos les gusta que yo no hable, a otros no, a él sí, pero dice que no. A las cinco él se va a ir y va a venir la persona a la que más admiro. Son las cuatro. El que habla todo el tiempo y el que se calla, una hora entera siendo lo mismo. Ahora quiere discutir y dice algo con lo que sabe que no puedo acordar. Me confundo y no sé qué hacer, por suerte el tiempo pasa y en mi cabeza, a falta de algo, reemplazo todo. Cada vez usa más frases hechas. Pasa esa hora, el familiar se va, la mujer llega, la mujer habla, después la mujer se va y yo me quedo solo.
Tengo un mueble escritorio en el que me da mucho trabajo ser feliz. Es una historia un poco larga así que no pienso contar ni su mitad. Yo vivía abrazado, capaz demasiado abrazado, bah, qué capaz, vivía con un abrazo de seis vueltas a una mujer y su casa, y no tenía que hacer nada que no me guste, en esa mujer y en esa casa parecía que tenía todo, las cosas se complicaron, terminé viviendo acá, en un cuarto que ya estaba amueblado con los muebles del tipo este, seguro era milico, así que duermo en su cama, guardo mi ropa en su ropero, me cuelgo mirando sus cuadritos, mis libros están en sus estantes y yo me siento a pensar y escribir en su escritorio. Hago fuerza para que todo me guste, pero mi vida anterior, tan linda, lo hace difícil. De mi trabajo no escribo pero me ocupa diez horas por día. Duermo seis o siete. Como o paseo durante tres. Así que son casi cinco horas sentado acá todos los días, ya nueve meses en esta situación, cómo puede ser que todavía no me guste. Desde acá veo la playa. Me miro la mano escribir y miro la playa, de dos en dos. Antes de la playa arbustos. Antes, una callecita devorada por pastizales, no pasa nadie. Después el mar, que parece más falso que la mierda, pero la costa me parece más falsa todavía. Vivo con el deseo de caminar para allá, pero me aguanto y me resguardo. Tengo que aprender a estar acá, antes. Entonces agarro mi telescopio y elijo el camino entre arbustos por el que quiero andar hoy. Hago unos metros quemándome los pies de arena hasta la madera que lleva hasta las rocas. Aflojo la tuerca para que el eje gire mejor y avanzo, y me miro parado al borde de la roca, quieto. Endurezco la tuerca de nuevo: ahí me quedo, y aprieto el ojo al borde del telescopio para mirar irse el día, rápido, y a la noche, muy lenta, ir llegando.
Mi lavandera es la china más linda del mundo y yo estoy viviendo en un estado de pensamientos que no cierran. Dice que se llama Mónica y tiene unos 60 años. Siempre pero siempre sonríe y está de buen humor y, con las tres palabras de castellano que sabe, me hace sentir querido. Una vez pasé con la mochilota que siempre uso para llevarle la ropa por la puerta de su negocio y seguí de largo. Salió a la vereda: ¡Manuel! ¡Manuel!
Así que volví. Parecía triste. ¿Lleva la lopa a otlo lugal? ¡Pero no, Monica! le dije riéndome y acariciándole un hombro, ¡Cómo te voy a hacer eso! ¡No tengo ropa acá, llevo otra cosa! Ah, Manuel, peldón. Glacias. Sos un chico muy bueno, Manuel, sos un chico muy muy bueno.
Siempre pienso que me gustaría que todas las personas que me caen bien conozcan a mi lavandera. Estoy seguro de que tendrían de ella el mejor de los conceptos.
Yo tenía la esperanza de que -crear- y -creer- tuvieran la misma raíz. Sería lindo que creación y creencia estuvieran unidas en algún punto inicial de su experiencia. Así que busqué. -Crear- es el resultado de una compañía tan bonita que no quedé decepcionado. "ker-. Crecer. En forma de sufijo *ker-es, en latín Ceres, diosa de la agricultura, especialmente del crecimiento de las frutas", de ahí "cereal" por ejemplo. O en latín creare, "hacer crecer". O las formas de grado 0 en "*kor-wo-, <que está creciendo>, adolescente, en griego, kouros, koros, niño, hijo", y en *kor-wa, "en griego kore, niña, doncella, niña del ojo". O, la que más me gusta: "Palabra compuesta sm-kero-, <del crecimiento de uno mismo> (*sem-, mismo, uno), en latín sincerus, puro, limpio": de ahí nuestro -sincero-. Nada más que la más absoluta sinceridad abajo del cielo es capaz de producir algún cambio.